martes, 16 de octubre de 2012

Veo, veo...



                                                  

                 "AUTORRETRATO"(óleo sobre tela)


                 


                                              artista plástico chileno Francisco Sierra
                                                    


Y al principio fue la imagen y no el verbo...
Lo sabe cualquiera, primero el hombre vé y recién luego de eso comienza a hablar y a nombrar aquello que vé.
Necesitamos de la imagen y necesitamos posicionarnos en ella para poder entender.
Obviamente, resulta infantil creer que el arte puede cambiar al mundo, pero sí seriamente, está claro 
que puede cambiar o enriquecer el pensamiento de algunas personas.
Obviamente, tampoco el arte lo es todo y es posible una vida sin arte, y no por eso se trata de una vida aburrida o vacía.
A diario vemos en carteles,  pantallas, plasmas y pantallitas y eso ha colaborado a enmarcarnos el  mirar y la estética. Claro está que lo que más nos condiciona es siempre la educación.
La vida cotidiana es la imagen y la imagen es todos los días, pero...veo, veo...qué ves, cuando todo te induce a mirar de una determinada manera a través de imágenes que venden, anuncian o están asignadas a un determinado propósito como en los periódicos?. Imágenes automatizadas, a las que por reflejo educativo y asociativo, les otorgamos una lectura que nos va encegueciendo y anesteciando toda pluralidad del mirar. Hasta las imágenes del pasado han sido ya formateadas por las formas de comunicación actuales.Recordamos mayoritariamente desde el hoy. Si pensamos en nuestra infancia, sólo con esfuerzo podríamos evocar situaciones en las que las personas tienen la ropa adecuada, los colores de moda o el mobiliario o la gráfica del momento.
Volvamos entonces al inicio de esta entrada: primero el hombre vé y luego habla y si buscamos en la etimología de las palabras, esta afirmación es una irrefutable certeza.
La educación en arte y la educación del artista no tienen ninguna relación con los conocimientos sobre historia del arte, técnicas, estilos, texturas, equilibrio y otras cursadas de los obligados programas académicos que por lo general suelen no dañar a nadie y son muy útiles cuando el objetivo  es formar a las nuevas generaciones de docentes de los obligados programas académicos, pero la clave de la formación artística y de artistas, es exactamente todo lo contrario de eso. 
El objetivo indispensable en la educación del artista consiste en que éste llegue a mirar  y ver como una forma de experiencia estética, para  lograr transformar lo ordinario en extraordinario, lo invisible en visible e infinitas veces individual. Se trata de poder embarcarse en algo que no habla con palabras y a su vez genera siempre un lenguaje propio, tanto del artista como del observador.
La catástrofe educativa que nos induce al no-mirar a todos, artistas o no, comienza ya en la infancia, cuando aceptamos sin el menor cuestionamiento que la imagen de una casa tiene techo rojo a dos aguas, una puerta al frente y una ventana al costado o que los árboles consisten en un tronco marrón y una especie de nube verde por encima de la que a veces cuelgan manzanas, aprendiendo a borrar e ignorar nuestro entorno y las incontables posibilidades de la arquitectura, la naturaleza, nuestras pinturitas de grasa y lo más trágico de todo, las ideas que atesora nuestra cabeza.
Pero peor todavía, desconociendo por completo que mirar, es pensar y ver es entender.
Y aquí radica la mayor dificultad del arte, porque en primer lugar, el arte es libertad, algo que todos podemos definir o cuestionar, pero que no sabemos practicar realmente.
El arte es, digamos, la forma más cercana a la libertad, pero no sólo la del artista sino también la libertad de quien mira, lee o escucha su obra.



Los medios de comunicación nos aplastan a diario con una avalancha de imágenes ruidosas, modas y tendencias, que arrastran un montón de gente perdida en ellas y si bien el arte no promete el fin de toda alienación,  requiere de tiempo, compromiso, autodeterminación y una mirada más firme y personal para no ser arrastrado por la avalancha.
La llave para esta cerradura está en la educación y la enseñanza, aunque no sólo en la academia.


 
 
 

jueves, 20 de septiembre de 2012

En el fondo, hasta el más progre es reconserva

 

 

Ser joven y excéntrico no libera del conservadurismo.
Curiosamente, en las últimas sesenta décadas, hemos ido aceptando y permitiendo enormes cambios sociales y gigantezcos cambios estéticos, todos acordes con el tiempo y hasta en casi todas las disciplinas artísticas.
La pintura, la fotografía, la música, el teatro, el cine, la arquitectura, etc., se han modificado con el correr de los años sin demasiadas dificultades, salvo en dos: la ópera y el ballet, en las que pese a un mundo globalizado que gira casi a velocidad luz, todavía nos abocamos empedernidamente en la reproducción visual e histórica que nos indican los libretos escritos hace cientos de años, aún cuando aceptamos que en pintura nadie plasme hoy sus ideas de idéntica forma y técnica que Leonardo da Vinci, Picasso o Modigliani.
Así como la biografía de una determinada persona va modificando el análisis de su vida acorde con la visión social y cultural del momento en que se la escribe, lo mismo ocurre con la interpretación de una obra clásica. Sin embargo, la ópera y el ballet se están retrasando respecto de aquellos cambios que están ocurriendo en la literatura, el teatro y el arte en general.
Arte, ha sido siempre la respuesta estética y emocional del artista a su entorno y al mundo en el que vive.
El problema es que muchos de nosotros contribuimos a este retraso inconcientemente y  hacemos todo lo posible, incluso desde las facultades de arte para que todo permanezca igual.
Diseñar un vestuario histórico con materiales no convencionales, no significa contemporaneizarlo, sino simplemente un vestuario histórico en plástico o lo que sea y nada más.

Si hablamos de ópera, tenemos que reconocer que ni Georg Friedrich Händel ambientó su obra Julius Caesar en Egipto 48 años antes de Cristo como indica el libreto cuando la puso en escena en Londres en 1724, ni Christoph Willibald Gluck estrenó su Orfeo y Eurídice en Viena en 1762 con la estética de la antigua Grecia en la que se mueven los personajes, sino que ambos llevaron la imagen escénica a su propia época, el barroco. ¿Por qué entonces insistimos todavía hoy en darles la misma imagen con la que ellos en su momento las llevaron a un escenario o nos vamos al otro extremo creyendo que abusando de la técnica moderna lograremos algo?...
La actualidad de una ópera, tampoco debe necesariamente recurrir y hasta basarse en fenómenos visuales de un hiperentusiasmo técnico por lo general siempre desmedido, para ser considerada moderna.
Un ejemplo de esto es Idomeneo. Mozart compuso en ella un coro de marineros que se ahogan, se hunden: "Pieta, Numi, Pieta". El gesto musical de la orquesta y el canto del coro crean ese hundimiento. Mozart, como la gran mayoría de la audiencia que en 1781 concurrió al estreno de la ópera en Munich, jamás habían visto el mar y sólo lo conocían por relatos, es simplemente la orquesta la que crea al mar en el que los marineros cantan. En nuestros días resulta a la inversa, todos hemos estado en el mar, lo conocemos; la mayoría quizás, en vivo, y algunos, lo ha visto a través de la televisión, el cine o al menos la fotografía. El espacio ilusórico ya está dado en la música y el canto, sin embargo no es inusual que en los montajes actuales, ignoremos esto y observemos una desmedida ambición técnica de olas y agua, es decir, una iconografía absolutamente al azar, prestada, usada y hasta fatigada que por lo general, resulta tan equivocada como la reproducción histórica cuando en realidad toda ópera se beneficiaría hoy si racionáramos terminantemente la ilustración y la descripción espacial, porque lo que hace a la vigencia de este arte es exclusivamente el tema, escrito y compuesto.
De todas maneras, si bien meditar sobre estos aspectos ayudaría a explicar en parte las causas, no alcanza para definir y superar el por qué tanto la ópera como el ballet han quedado estancados y lograr hacer nuevas propuestas en estos medios, a veces sólo desata la indignación del público adicto y naturalmente incluso la de algunos críticos.
La razón principal no tiene que ver con lo más lógico que podría ser basarse en la imposibilidad de actualizar su temática argumentativa, o el movimiento antinatural que implican el canto o el ballet, sino que más bien tiene que ver con que somos nosotros mismos quienes en el fondo no podemos despegarnos de ciertos conceptos anquilosados que llevamos casi en forma endovenosa.
Lo peor de todo es que ni siquiera nos hemos detenido a pensarlo, porque ni nos damos cuenta de que así sea.
En teatro, por ejemplo, muchos se jactan de trabajar en espacios no convencionales como si eso les diese el salvoconducto a lo innovador y en definitiva, trabajen donde trabajen sólo reproducen inconcientemente formas de escenario a la italiana, cámaras negras o iluminación con touch discoteca; o creen que hacer teatro para niños implica actuar moviéndose como  un muñeco de trapo avergonzado y hablando bajito para no despertar al zorro, o que las brujas tienen berrugas y narices enormes para poder ser remalas o que los orientales caminan con pasos cortitos e inclinados hacia adelante.  Un sinnúmero de estereotipos, prejuicios y certidumbres insensatas que sólo logran estorbar cuando se trata de crear y avanzar en el siglo XXI.
 En este sentido, pareciera que la ópera, aún cuando modernizada o performática, se trata de cantar agudo, moverse como uno cree que se movió Mozart, pintarse la cara como una puerta y vivir en un castillo.
No es posible generar nada nuevo sin cuestionar lo que ya existe. No se puede generar algo nuevo sin asumir el riesgo de la incertidumbre. Para hacer que nada de lo que existe cambie, es mejor ir a lo seguro; repetir y adornar. Si Duchamp modificó el arte, seguir exhibiendo mingitorios, sillas o trastos varios no hace más que perpetuar lo ya asimilado; no nos queda nada para ver porque ya lo hemos visto. Conservar para permanecer. 

lunes, 17 de septiembre de 2012

15 minutos de gloria

 
 
The Factory, el estudio de Andy Warhol
 






Más de 25 años después, la incisiva frase de Andy Warhol: " In the future, everyone will be famous for fifteen minutes" ("En el futuro todo el mundo será famoso durante 15 minutos"), dejó de ser vaticinio para convertirse en una realidad apabullante y nunca antes aglutinó a tantos adeptos como hoy representan los adictos al incentivo mediático de la fama y la carrera por ella. 
En nuestro tiempo, todos podemos hacer o ser parte de un espectáculo. Pero eso no tiene que ver ni con igualdad ni con democracia.
Desde los 90s y como nunca antes, los medios hicieron un giro en su metodología y comenzaron a apostar en las emociones de la gente, ya no como un interés en la vida del prójimo sino desde el lenguaje de la sátira, cuyo único objeto es censurar sin contemplaciones o poner en ridículo a alguien o algo. En esa apuesta, el consumidor mediático y los mismos medios, ya dejaron y siguen dejando un montón de víctimas, porque el pasatismo, la vanalidad, la pereza y la pertenencia a una determinada escena, son los valores absolutos que desde ese lugar gobiernan nuestros días, y además, para qué negarlo, la payasada divierte fácil y sin demasiado trabajo.
Hace tiempo que el pasatismo y la adrenalina del  exhibicionismo se han convertido en el parámetro del éxito artístico.


La sociedad hoy es espectáculo. Y un espectáculo es una diversión pública, aunque curiosamente, el diccionario lo describe como una acción que causa escándalo y gran extrañeza. Eso, sobre todo, una gran extrañeza.
El show como único contenido, mientras el resto de la masa, estamos siendo educados como un rebaño de voyeurs y por lo tanto, sólo exigimos que se nos muestren personajes que transformamos en ganadores o perdedores y en este desenfrenado ir y venir de la Nada, lo privado invade todo y nosotros asentimos y queremos más. Queremos más?...
El objetivo es producir una puesta de sí mismos, esencialmente con el fin de generar un impacto social que afecte la impresión que causamos en los otros individuos y obtener cierto prestigio entre ellos.  Ser sólo personajes, la obra, no importa.
A veces sorprende ver en fb, la enormidad de idilios privados, felicidades amorosas o genéticas, familias ejemplares, pensamientos nobles y frases célebres en recuadritos con las que se trata de convencer a la opinión pública de lo fantásticos que somos y lo ejemplarizante de nuestros actos y propósitos.
Lamentablemente, el autorretrato desprendido del arte sólo muestra vanalidad y egocentrismo.
Volviendo a Warhol, el POP consitía en la implementación de imágenes  populares surgidas a partir de los medios de comunicación, trabajándolas como antagonismo a lo establecido académicamente y a lo elitista de la cultura existente en los años 50s (fundamentalmente en USA), valiéndose para eso de la realidad, la ironía y la parodia  como forma de enfrentar a los fuertes métodos mediáticos y manipuladores que estaban afectando los patrones de  vida bajo pretexto de mejorar con ello la calidad social  
Evidentemente, un cuarto de siglo más tarde, el come back de este movimiento no funciona cuando se lo quiere desprender de esa conciencia, repetir sin apuntar a un objetivo, hacer por hacer, pero fundamentalmente, cuando se lo limita y minimiza a un festejo vaya a saber de qué.




jueves, 30 de agosto de 2012

Nada agudiza tanto la mirada como lo irreal...

Escenografía es una palabra compuesta por dos términos que el transcurso del tiempo mantiene unidos a pura prepotencia y que apunta a definir la concepción del espacio de acción como gráfica de escena, en el deseo de que esa afirmación sea capaz de simplificarlo en meramente ilustrativo.
En nuestra época, gráfica y escena tienen poco en común, salvo cuando eso se refiere a la escritura o a la imprenta con la que se publicita una obra o un espectáculo.
En los últimos cuarenta años, la gráfica, un elemento netamente estático ha dejado de tener que ver directamente con la escena.
Hasta hace cuatro décadas era difícil pensar que la tecnología electrónica podría encontrarse y  ser absolutamente natural hasta en el supermercado de la esquina.
Cualquiera de nosostros voluntaria o involuntariamente, conciente e inconcientemente absorve miles de imágenes mediáticas a diario que hacen que hoy, ilustrar o reproducir arquitecturas u objetos imitando materiales a través de la pintura, insistir con la cartapesta o poner un marco solo para indicar una puerta, nos impidan la emoción y el contacto con la obra más allá del pasatiempo, porque salvo que se trate de un realismo cinematográfico o una única propuesta, nuestra  imágen del mundo es otra.
En la actualidad un "campo de juego" para una acción requiere que aquellos que concebirán ese campo, sepan crear y relatarnos el mundo en que la historia tendrá lugar, pero también el límite entre escena y mundo, sin falsas ilusiones o esperanzas, lejos del espectáculo ilusionista de un programa  televisivo.
Se trata además de una acción en vivo, para el que todo espacio es válido. Una idea siempre tiene una mejor forma de ser contada sea en un espacio a la italiana, circular o no convencional, el sitio en el que transcurre la acción a pesar de los mitos, no tiene ninguna relación ni con su contemporaneidad, ni con su carácter experimental. El arte es siempre experimental ocurra donde ocurra y la conmtemporaneidad no la dan ni un telón ni una fábrica o lo que sea, sino el tema y el suceso. 
Nuestro entorno diario no tiene maquillajes ni procesamiento y ese lenguaje estético es justamente en el que nuestras emociones excursionan e incursionan.
La trama habla por sí sola y hablarle encima y al mismo tiempo, sólo la confunde y silencia.
En principio, un espacio, sea el que sea, siempre está vacío.
Probablemente, el por qué muchos creadores de espacios escénicos y directores de escena siguen creyendo que el lugar de la acción debe estar atestado de objetos, utilería o propuestas y deba modificarse cada media hora, cambiando elementos de lugar, haciéndolos aparecer o desaparecer, proyectándoles encima, arriba o al costado, o iluminándolos de tantos colores como sea posible, no sea nada más que un malentendido.
Este exceso visto generalmente en los teatros subvencionados es el otro extremo pero idéntico al que ofrece el minimalismo obligado por falta de medios de los grupos independientes, en el que el criterio suele ser lo que se necesita pero que ignora la creación de un mundo posible para la obra. 
Una mesa vacía sobre la que únicamente hay un huevo duro, primero que nada es una naturaleza muerta y no de inmediato simplemente lo que se necesita, una abstracción, un símbolo o una manifestación informal y mínima. Una mesa de ping-pong sobre la que descansa una paleta, se trata de algo muy concreto en una estrecha relación entre objeto y soporte para la que no se requiere nada más que eso.
Un espacio escénico recién se va a poblar con aquello que ocurrirá en él y cuanto más vacío esté,  mucho mejor puede uno concentrarse en aquello que hace quien accione. Como espectador, tener que empezar a buscar imágenes casi arqueológicamente de entre objetos, proyecciones, muebles y hasta simbolismos requiere de un esfuerzo que sólo agobia y desorienta. La precisión de objetos plazados en el espacio permite generar las energías más extremas y  respetar el impulso del actor.
En una sociedad absolutamente mediática como la nuestra,  que guarda imágenes de prácticamente toda la historia de la humanidad en su memoria porque a través de la pantalla ha podido ver y escuchar dinosaurios, guerras, civilizaciones extinguidas y hasta tiene en su recuerdo visual la superficie de otros planetas, ni siquiera pueden provocar ternura los efectos escénicos de niebla.
Cuando algo se cuenta en demasía, deja de estar presente.
En una puesta en escena o en una acción, aquello que se cuenta no depende en lo más mínimo de cuánto se cuenta en espacio, gesto y movimiento sino de cómo se cuenta, es decir, del lenguaje estético y escénico a través de los cuales se relata.
El espectador se distrae indefectiblemente si alguien desde el escenario le habla sin pausa o aturde a mensajes y símbolos. 
Actualizando la frase de Alfred Hitchcock, hoy se puede decir que si uno tiene un mensaje para mandar lo mejor es que use el mail o envíe un SMS.
"Hamlet"
 

Muchos sostienen la risueña idea de que el espacio escénico es el lugar donde se fusionan todas las disciplinas del arte ignorando así su lenguaje propio.
Tal vez sea este el punto desde donde crecen todos los malentendidos, porque claro, si uno se esmera en demostrar esa fusión, la acción y los actores terminan sobrando.
En realidad, sólo es posible establecer una analogía con la pintura, en el sentido de que lejos de realismos o abstracciones, en esencia se trata de crear un profundo efecto emocional sobre una superficie imaginaria, a veces enmarcada.
La imágen es superficie, igual que una hoja de papel sobre la que existen y se desplazan letras, notas y dibujos que crean espacios, invisibles los más y convocan al espectador a dar una mirada en el espejo.
La frontera entre la escena y el espectador, está delimitada por el transcurso del tiempo, no por la arquitectura. De esta manera, la acción es la única capaz de transitar, traspasar y derrumbar esa frontera. Este fenómeno, es decir, el espacio escénico como superficie que nos espeja, es el que posibilita sacar a la luz el espacio del pensamiento, el del espectador, claro.


lunes, 27 de agosto de 2012

La pose. Qué onda?

"En París, donde viví de 1940 a 1953, estaba muy aislado, pues iba a contracorriente, pero nunca sentí esa soledad de forma negativa. Sin lugar a dudas, todo el mundo o casi, me odiaba, pero me era indiferente. Esa indiferencia, por otro lado, me ha salvado y ha salvado mi pintura del peligroso capricho de la moda. Pintar era lo único que contaba para mí. El resto me daba igual."
Balthus (1908  - 2001)
 
 
 
"American Prayer", Gottfried Helnwein, 2000
                             

 




Cuál es el fin que sostienen quienes repiten mecánica y superficialmente lo que ya hicieron o hacen otros?
Evitar el riesgo de crear, anular las diferencias que surgen de las particularidades para unificarlas en el mundo del facilismo estéril, caminando un trayecto vacío que conduce a un  fruto hueco. 
Crear siempre es riesgoso, porque  no anticipa certezas ni adelanta garantías.
Nos han llamado la atención los muchos que están empecinados en ser artistas y desarrollan un despliegue energético que dejaría hemiplégico a un corredor de maratón, abarcando desconcentrada y caprichosamente múltiples direcciones estéticas y temáticas, la mayoría antagónicas unas con otras, pero ordenadas esmeradamente en un popurrí a veces con habilidad manual o cibernética, pero con el mismo contenido dramático e idéntica poesía visual que una camiseta chivada. Búsqueda cero.
La característica esencial del artista es tener, y atreverse claro, a una mirada siempre personal, propia. Nada nuevo se gesta sin afrontar ese vértigo, sin traspasar la cáscara y las formas probadas, aceptadas, ya deglutidas y digeridas. Nada nuevo  sucede si se siguen los modos, las poses, los gestos y los métodos de los otros, salvo, un refrito con aceite rancio.
Lo que en el arte está predeterminado de antemano, sólo puede confrontarse y cuestionarse en nuevos territorios a descubrir para vislumbrar continuamente nuevos horizontes.
Cuán honesta resulta la obra de alguien que pinta un perrito como Suárez, hace una instalación como Pérez o fotografía como Rodríguez?...Cuál es el sentido de importar propuestas, manoteándolas sin más del contexto y cultura del que surgieron, haciéndoles perder así todo contenido y fuerza originales?
Buscar la aprobación es un camino redituable tanto para el ego como para el bolsillo si uno respeta unas pocas reglas, pero no recomendable si lo que se quiere es hacer arte.
La aprobación y el reconocimiento no son valores en sí. No significan  nada si no hay nada para reconocer.
Un tiempo ha transcurrido desde el inicio de la TAE. Nos hemos encontrado con artistas en formación, en sus inicios, con trayectoria, con obras, con propuestas e intensiones interesantes, pero también con formas de artistas, con obras sin forma, ni propuesta ni intensión, que sólo buscan adulación o un lugarctio en el podio de la tendencia de moda,  retro o vintage de arte que se consigue en cualquier barata.
Impacta ver la poca profundidad o  la estrecha superficialidad, no importa qué, ni cómo ni para qué, las opciones son en el mejor de los casos ejercicios de textura, color, equilibrio y demases postulados de academia. La vanalidad es celebrada, festejada y admirada.
Hacerse ver ¿sólo de eso se trata?
Es enorme la cantidad de exposiciones de artistas jóvenes que se miran al espejo y el ombligo, donde repiten y repiten lo que ya es repetido. Las proliferación de casas de arte surgidas en la ciudad son una buena noticia, pero lo mejor que ofrece la mayoría de ellas son unas pizzas para matar el hambre y el aburrimiento.
La imagen de las ferias de venta de ropa usada montadas en algunas de ellas, es la síntesis de este vacío creativo, un rejunte de prendas feas a las que no se les agrega nada, a las que no se modifica ni interviene y sólo se las vende tal cual fueron concebidas y usadas.
Pura pereza y pura pose.
A esta altura, escoger la facilidad de la fealdad y del kitsch como escudo creativo, sólo da como resultado una obra invariablemente fea y kitsch, hoy rebautizado en trash, muy simple de identificar  ya que el kitsch o el trash se vanagloria de una artificiosidad que finalizando el 2012 ha perdido toda la fuerza y la espontaneidad emocional de los 60s, la crítica de  los 70s, el antagonismo provocador de los 80s y la aburrida obstinación mediática de los 90s, y que ahora, sólo ha mutado en un eufemismo patético de falsedad calculadora, atrasada y escapista.
En fin...aceptamos engreídos entonces, que con unos 30 años de demora, las modas pasadas de Asia, USA y Europa hoy palpitan en La Plata?...
La estrategia planificada del menor esfuerzo creativo y del resultado instantáneo es sólo mezquindad decadente de la mirada burguesa, de su cotillón para una fiesta de disfraces en el que los verbos ser, estar, parecer y semejar no sólo son irregulares sino que los dos primeros declinaron su significado para erigir a los segundos en lo más elevado del mundillo del arte.
Qué es el arte? Desde Duchamp, potencialmente todo. Quién hace arte? Desde Beuys, potencialmente todos. Dónde está el arte? Desde las conexiones inalámbricas, potencialmente en todos lados.
Sólo quedaría preguntarse si el arte como forma de vida, generador de pensamientos e ideas y disparador de estímulos está absolutamente agotado o si cabe la posibilidad de hacer el esfuerzo de repensarlo todo.
Se habla frecuentemente de desempolvar al arte, bueno, si el arte a desempolvar se trata de esta tendencia generalizada que observamos como arte contemporáneo, que ha perdido contacto con el presente y permanentemente intenta enseñarnos lo que significa la contemporaneidad a fuerza de imágenes gastadas por el uso, decididamente limpiemos el polvo con más palas de tierra!  
Desafortunadamente, el arte digital tampoco se queda atrás en esta bizarría incierta que circula, en donde hay más oportunismo que creatividad, técnica y estéticamente torpe, asentada en la decoración y en una atmósfera retrofuturista estancada. Entonces, no desempolvemos a esta corriente de arte contemporáneo envejecido, con más tierra podemos  sepultarlo para siempre.
El arte no es una destreza técnica o manual, con modas o con pertenencias. El arte es una idea; son las imágenes o representaciones que guardamos en nuestra memoria de aquello que hemos observado, vivido e imaginado y que solo requiere del ingenio para disponerlas, describirlas, inventarlas y trazarlas.
Cuál es en estos casos la idea?...O de quién?
En el siglo XXI, donde todo, desde las ciudades a los medios son espectáculo que excede sus propios límites, tampoco se trata de cuánta técnica y fantasía puede verse en una obra, ni siquiera de cuánta fantasía o creatividad puede tener un determinado artista. Si considerásemos válida esta condición, el arte estaría en el mismo punto en el que hoy se encuentra la televisión.
Se trata simplemente de experimentar si realmente la obra de un artista es capaz de abrir espacios posibles en el observador u oyente, permitiendo que éste desarrolle y desenrrolle su propia percepción para que pueda construir su propio puente hacia la realidad y para que su imagen del mundo no necesite dilucidar, pertenecer o adherir a las ideas e imágenes del otro. Un arte que no nos eduque o intimide, que no nos traiga mensajes o conclusiones y que por sobre todas la cosas, no nos masifique en su pretendida obsesión en vendernos algo, que encima, ya compramos.